Benchmarking, ¿imitación o estrategias adaptadas?

Desde que el benchmarking apareciera en escena, hace ya unos años, mucho se ha hablado sobre si se trata de la adaptación de estrategias comerciales exitosas que se desarrollan en nuestro entorno comercial o si, en cambio, todo se reduce a una labor de imitación en la que la aportación propia es casi nula.

La alta competitividad de los mercados obliga a que las empresas se estén comparando constantemente con los mejores de su sector. Son los referentes obligados que en cierta forma marcan tendencias.

Y eso es justamente el benchmarking: un punto de referencia sobre las buenas prácticas y las estrategias exitosas en un mercado específico. Hay unos modelos que lideran cada campo y otros agentes que les siguen de cerca para ser algún día como ellos y llegar al lugar privilegiado que ocupan.

 

¿Cuáles son los objetivos principales del benchmarking?

Por lo tanto, empecemos a despejar la duda que nos rugía al inicio de este post: ¿es el benchmarking una estrategia de imitación? La respuesta es clara: no.

Si existe una palabra que define en gran medida este proceso es la de adaptación. O dicho de otro modo, las empresas no copian al pie de la letra las estrategias de venta y comercialización de sus competidores que han resultado exitosas, sino que las adaptan y les imprimen elementos propios.

De hecho, si nos atenemos a una definición más precisa, el benchmarking se entiende como un proceso en el que las empresas recopilan información sobre las dinámicas que imperan en su mercado y del cual se extraen, en fases posteriores, nuevas ideas para posicionar o visibilizar una marca.

Lo anterior se refuerza cuando repasamos con detenimiento los objetivos principales de esta metodología, que son básicamente dos:

  • Aumento de la calidad: el benchmarking busca aumentar el valor creado sobre un producto. Es decir, se enfoca en que la calidad del mismo sea mayor sin que esto suponga grandes sacrificios para las empresas.
  • Mayor productividad: la comparación con otras marcas no tiene como fin la imitación; por el contrario, lo que se busca es contrastar si son productivos nuestros procesos y qué podemos aprender del resto de competidores en este sentido. El objetivo siempre es la eficiencia.

 

Tipos de benchmarking. ¿Cuál es el mejor para tu empresa?

Lo anterior nos obliga a precisar aún más el concepto de benchmarking. Aunque aún no puede decirse que el concepto se haya explotado en su totalidad, sí que se conocen tres tipos básicos de enfoques. Veamos en qué consisten:

a) Interno:

Es muy habitual en las empresas grandes o con estructuras complejas. Los distintos sectores o áreas en los que la organización está dividida compara sus resultados con el objetivo de mejorar sus niveles de productividad. En este caso no puede hablarse de una competencia en el sentido tradicional.

b) Competitivo:

Es el tipo de benchmarking que se aplica en los entornos altamente competitivos. Sin embargo, exige una mayor inversión de recursos dado que las empresas líderes de cada campo proporcionan poca o nula información sobre sus procesos.

c) Funcional:

En este caso, hablamos de un benchmarking basado en tomar como referencia a empresas de otros sectores del comercio o la industria. La idea es tomar nota de las ideas que en otros escenarios hayan resultado útiles y adaptarlas al nuestro. Este modelo plantea una ventaja añadida: las empresas tienden a acceder más fácil a la información dado que no son competidores directos de las marcas de referencia.

 

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