¿En qué consiste la dirección empresarial por valores?

Si estás al tanto de las últimas tendencias en gestión de empresas en el mundo, es casi seguro que habrás oído hablar de la denominada dirección por valores.

 

Dirección por valores, ¿de qué se trata?

Hablamos de un modelo de gestión que busca reforzar los estándares tradicionales de dirección de empresas con la inclusión de elementos éticos y relacionados con valores humanos imprescindibles en el siglo XXI.

La dirección por valores no busca sustituir a la dirección tradicional, siendo éste uno de los puntos que más le diferencian de algunos de los modelos que han surgido durante la última década. Por el contrario, su objetivo es tomar de ellos los elementos que sean útiles e incorporarlos a una gestión basada en otras prioridades.

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Entre los aspectos centrales de este sistema de gestión se encuentran la gestión de la calidad de los procesos, la excelencia, la adaptación al cambio, la gestión de riesgos, la reingeniería y los liderazgos estratégicos, entre otros.

Como su propio nombre lo indica, la idea vertebral del modelo es que los valores sean una parte imprescindible de las empresas, tanto a nivel conceptual y teórico como en el plano operativo. Es decir, lo que se busca es que toda la estructura sienta y practique los valores esenciales a la organización y a sus productos y servicios.

 

¿Cómo hemos llegado a la dirección por valores?

La dirección por valores no es algo que se le haya ocurrido a algún teórico en paro o en un momento de extraña lucidez. Es, en realidad, el resultado de todo un proceso evolutivo por el que ha tenido que pasar la gestión de empresas, y que en los últimos años ha experimentado puntos de giro significativos.

Las empresas han dejado de ser lo que eran. Los modelos centrados exclusivamente en los beneficios económicos y en los resultados materiales han pasado a segundo plano. Ahora se considera que el factor humano (y, por tanto, el factor ético) es el principal activo de las organizaciones, independiente de su naturaleza o mercado de operación.

Esto no podría entenderse sin el surgimiento de una sociedad cada vez más dinámica, ágil y cambiante, la cual ha trasladado algunos de los procesos físicos (las ventas, por ejemplo) al plano virtual o a las plataformas de Internet.

Los trabajadores ya no aspiran a estar en un segundo plano. Quieren protagonismo; necesitan que su voz sea escuchada como nunca antes y ser partícipes en las decisiones que involucra al conjunto de las empresas.

De ahí que aparezcan en la escena modelos cada vez más cercanos, abiertos y plurales, en los que el intercambio de ideas e información sea una constante. En esta categoría es donde podemos incluir a la dirección empresarial por valores.

 

Aspectos esenciales para implementar la dirección por valores

Las marcas son mucho más que productos en serie que se comercializan en el mercado. Todas remiten a valores, principios y conductas, sea directa o indirectamente, y por ello no resulta tan difícil entender que haya un modelo que quiera priorizar dichos valores en la gestión cotidiana de las empresas.

Sin embargo, un modelo de estas características no se implementa de un día para otro. Es el resultado de un proceso y de la toma de una serie de decisiones orientadas en un mismo sentido. Veamos algunas características de la dirección por valores:

  • Integra la identidad de la empresa con factores como el compromiso y el nivel de proyección de la misma. Es decir, la esencia de la organización, que por lo general se traduce en valores, debe verse reflejada en la cotidianidad y en los planes a futuro que sus líderes elaboren; ser para crecer.
  • El cambio de conductas y una actitud más proactiva son dos constantes en este modelo. Más que centrarse en la recepción de información o en el mero desarrollo de tareas, su objetivo es generar transformaciones positivas en los trabajadores que forman parte de las organizaciones.
  • La gestión del cambio impulsa a que los miembros de las empresas dejen de lado una visión cortoplacista de sus roles y sean plenamente conscientes del futuro señalado por la visión estratégica trazada de antemano.
  • La formación, la capacitación y la selección del personal dejan de tener un enfoque netamente material y productivo y adoptan una visión más humana. Ahora, los procesos están determinados por otros valores, como por ejemplo la cooperación, la solidaridad, la ayuda mutua, la participación activa, entre otros.
  • Se apoya en la motivación como principal motor de productividad y como elemento central del compromiso del personal. Hay incentivos económicos, sí, pero ya no tienen la misma importancia de antes. Para desempañar una buena labor dentro de un organigrama, lo esencial es estar bien con uno mismo y con las personas que nos rodean.
  • Define los valores como el corazón de toda organización. Cada una tiene los suyos y debe definir cómo ponerlos en práctica. Si éstos funcionan como es debido, se reflejarán en cada acción, en cada proceso, y será lo que finalmente se transmita a los clientes o consumidores de los productos.

 

Dirección por valores: liderazgo ético y estratégico

El primero en poner en práctica los valores inculcados por la dirección por valores debe ser el director o gerente de la empresa. Él, como figura visible, debe convertirse en un referente ético que sepa transmitir la necesidad de que dichos valores se reflejen en cada actividad o proceso desarrollado por la empresa.

Perseverancia, decisión, esfuerzo, disciplina, participación activa y libertad de acción son algunos de los valores que deben ver los colaboradores en su líder empresarial.

Lo interesante de este proceso no es tanto que el gerente sea un ejemplo para otros, sino más bien la idea de que la dirección por valores puede convertirse en una ventaja competitiva para las empresas a medio o largo plazo, es decir, un rasgo que les permita diferenciarse del resto de competidores en el mercado donde operan.

Las empresas se dirigen finalmente a clientes, que son en el fondo seres humanos que sienten y tienen emociones, y por tanto es fundamental saber qué valores priorizan en el momento de asumir su rol de consumidores.

 

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