La gestión del tiempo es el elemento que más influencia tiene cuando se trata de medir nuestra productividad. Aunque no es el único a tener en cuenta, sin duda se trata del primer indicador al que recurrimos para determinar qué tan eficientes hemos sido a la hora de realizar las tareas propuestas.

Su gestión nos permite fijar plazos para ejecutar las distintas tareas y obligaciones que nos corresponden, algo que a largo plazo es una especie de límite que organiza nuestras rutinas y distribuye nuestras responsabilidades.

El tiempo es un elemento que siempre tenemos a mano, pero que si no gestionamos eficientemente se vuelve en contra nuestra. ¿O acaso no has escuchado alguna vez la expresión «con el tiempo o en contra?».

 

La productividad, clave en el contexto actual

Las nuevas tecnologías han modificado sustancialmente nuestros hábitos. La rapidez de los flujos de información, además de la aparición de nuevas y cada vez más sofisticadas herramientas de interacción digital, ha puesto de manifiesto nuestra necesidad de aprovechar al máximo el tiempo que tenemos a disposición.

Se trata del principal reto al que se enfrentan muchos profesionales y empresas en la actualidad. En último término, la gestión eficaz del tiempo se traduce en mayores beneficios y, por tanto, en mayor productividad.

Sin embargo, la gestión del tiempo también ha experimentado cambios a lo largo de las décadas. De un esquema meramente funcional, heredado de la Revolución Industrial y en el que predominaban las jornadas largas y exhaustivas, hemos avanzado hacia otros que dan prioridad al grado de eficiencia y al aprovechamiento.

Por ejemplo, si antes los supervisores de una fábrica se preocupaban por el número de piezas elaboradas al final de cada jornada, ahora su atención está puesta en la calidad de esas piezas y en el nivel de bienestar del trabajador.

 

Las dos dimensiones para aplicar la gestión del tiempo

Independiente de la profesión que ejerzas o el área en el que te desenvuelvas, debes saber que la gestión de tiempo es determinante para alcanzar cualquier objetivo. Sin embargo, ¿en qué consiste dicha gestión?

Hablamos de todas aquellas acciones, decisiones y hábitos que ponemos en marcha para aprovechar al máximo el tiempo que tenemos. No se trata de hacer todo en una sola jornada; se trata, más bien, de hacer cada cosa en su debido momento y sin dejar de lado los objetivos que nos hemos propuesto.

Para poner en práctica este concepto, debes tener claro que la gestión del tiempo actúa en dos dimensiones básicas: la individual y la social. Veamos de qué trata cada una y repasemos algunas acciones que puedes llevar a cabo:

a) Dimensión individual: en esta categoría se engloban los elementos que dependen de nosotros mismos y que anteceden a cualquier acción:

– Fijar líneas básicas de actuación.

– Planificar las jornadas.

– Hacer un uso adecuado de los recursos.

– Controlar periódicamente las acciones.

– Realizar cuadros de tareas.

– Dejar por escrito los procesos y su evolución.

– Hacer pausas para descansar.

b) Dimensión social: aquí se ubican todas aquellas acciones de gestión que se relacionan con los círculos sociales en los que nos movemos:

– Priorizar relaciones en función de los objetivos.

– Comunicar las líneas de actuación.

– Delegar responsabilidades en otros.

– Fomentar el diálogo con nuestros colaboradores.

 

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